sábado, 31 de diciembre de 2016

UN INSTANTE UN AÑO



Esperaba. 

Esperaba con ansia alguna seña, un contacto. 

En un momento, mientras ya se acercaba al carro con el billete para la propina, sonó el tono de advertencia de mensaje de voz. 

Se entusiasmó. 

Se dijo que lo leería en el carro, pensando que a esa hora había bastante gente y no tenía porque andar con premuras y precauciones.

Se le extravío el dispositivo, pensaba que lo tenía en el bolsillo. Cuando miró al asiento de al lado, aquel que últimamente permanecía siempre desocupado, lo vio. 

Abrió el menú de mensajes. No era de ella. Era del banco, de la compra reciente. 

Junto al desencanto sintió también una brisa fresca que entraba por el vidrio abierto. 

Y recordó Margarita en enero y aquellas magnificas playas y cerros. Esa luz prístina. 

Se entretuvo en jornadas de sexo en carnaval. 

Luego su memoria avanzó a marzo, cuando titubeaba en su nuevo destino laboral. 

Y llegó el día de abril en que descubrió a su hijo comportarse cual maestro. 

A los días, asistió a la espeluznante visión y olor de la muerte de aquella que también sintió la lección magistral. 

Luego su memoria recordó días de afanoso calor, mientras su carro limitaba las posibilidades de circulación de aire, tras fallas atribuibles a su propia torpeza. 

Me explico. La perilla no se rompió. Él la rompió. 

Llego junio y ella se fue. Hizo promesas y en buena medida las cumplió. Con fatigas a su ser y malentendidos por parte de ella. Regresó. 

Y llegó la mitad del año y otro aniversario. Simple y solitario, como de costumbre. 

También meditó acerca de sus logros y sobre todo se entretuvo en esa ligereza recién adquirida. 

Las vacaciones pasaron volando, aunque no hubo tales. Aprovechó para cerrar un engorroso y cansino plan de reformas que otros no querían emprender. 

En septiembre no llovió como otros años. Ya al final, en ocasión de otro aniversario, la batalla final. El juego se trancó. Esta vez para siempre. 

Así, se volcó a trabajar y a inventar ocasiones. 

Las fue encontrando y en ese trajinar encontró la amistad, esa extraña perla.

Se dio chance de hurgar, de alcanzar algunos rincones que le eran preciados. 

Fueron tiempos de afanes. Se sumaban uno tras otro. 

Dieron una mirada al tablero, pero ya no había nada que hacer. 

Y llegó noviembre, con acto y título. Se acercaron días aciagos. El mal humor fue compañero fiel. 

Siguió inventando. Buscó salidas. 

Y leyó y escuchó maravillas. 

Ya terminando el año, se le caía un ídolo. Uno más. Pero también se le acrecentaba un escritor de aquí. Era un empate técnico ¡Y literario!

Se dedicó a esperar y llegó otro mensaje. Y hubo otra muerte. Dolorosa muerte. 

Oyó ruidos y se distrajo de nuevo. 

Abrió el menú de mensajes. No era de ella. Era del banco, de la compra reciente. 

Ese fue el instante de la desilusión. Y en ese instante tuvo el tiempo suficiente para hacer un repaso de un año que no fue del todo malo. 

Era cuestión de atesorar, de no olvidar, de agradecer mendrugos  y panes cada uno en su ocasión. 

No era ella. Era el banco. 




  

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