lunes, 4 de septiembre de 2017

¿UNA OBRA PUEDE SER MEJOR QUE OTRA? (A PROPÓSITO DE AHMAD JAMAL)



A veces nos tienta considerar a un artista por encima de otro y a una obra sobre otra. Pretendemos clasificar y aproximarnos cual científicos a las obras. Ciertos profesores se sienten así expertos y rigurosos.
De repente, un alumno pregunta: ¿Qué es más eficiente? Y se me hace difícil contestar.
Hace un rato escuchaba música; una pieza de Ahmad Jamal. Me parecía extraordinaria, sobresaliente: Luego, ya en otra cosa, me pasó por la mente compararla con otras.
Finalmente, encontré la respuesta.
Descartemos antes la posibilidad de resolver este asunto acudiendo a factores circunstanciales o materiales. Imaginemos que nos colocan ante una pequeña pintura y otra de gran formato o ante el proyecto de una pequeña casa y el de un aeropuerto. Nuestros juicios sobre las obras no dependerán de las complejidades implícitas ni de la relevancia social de las obras. Nuestra apreciación valora atributos artísticos, no comodidades. Tampoco horas-hombre.
No me detengo en la pieza de Jamal porque contenga más instrumentos o porque la canción sea más extensa que otras.
La cuestión se aclara gracias a esa misma fuerza arrolladora que nos transmite una pieza perfecta, sea pintura, música o arquitectura.
Al entrar en contacto con una obra maestra, nos parece extraordinaria y única. Esa maestría es envolvente, nos atrapa en su interior. Y allí, cuando nos rodea no deja espacio para las comparaciones.
Así funciona el arte. No sólo es inconmensurable con la ciencia y con eso que llaman sentido común. Cada pieza es también única entre sus contemporáneas o con las que, por género u otra clase de agrupación, la consideramos cercana.
Al respecto conviene recordar a Octavio Paz. En forma sucinta expondremos los atributos que reconoce en la obra artística:
1-Aunque utensilios y obras de arte poseen materialidad los primeros comparten filiaciones en forma palpable.
2-La técnica busca eficacia. Si encontramos una conveniente la emplearemos una y mil veces, hasta que descubramos otra mejor. En cambio, la técnica de cada obra artística  le pertenece. El fusil sustituye al arco, pero La Eneida no sustituye a La Odisea.
3-Las técnicas artesanales e industriales contienen recetas e instrumentos propios. La técnica poética no es transmisible.
4-Por último, los objetos comunes –y por lo tanto comparables–  responden a la utilidad. La obra de arte es una “forma particular de comunicación.” (Paz, 1983).
Como se concluye por lo dicho, en arte no hay progreso. Cada obra es única ¿Cómo comparas al Partenón con la Catedral de Chartres? ¿Cómo Mozart con Coltrane?
El arte provoca la experiencia de un eterno presente. Ante la fuerza de la obra notable quedamos atrapados, no terminamos nunca de entenderla del todo. Cada vez se nos presenta como algo nuevo. 
Por algo será que en este campo se emplea el término clásico.


(1) Ahmad Jamal (1930) es un destacado pianista de jazz. Su carrera es muy extensa. Comienza en los 50´ y sigue activo. En años recientes ha tocado y grabado en París así como en Nueva York en el Lincoln Center. En 1963 sale a la luz su pieza más famosa  –Poinciana– una rareza en el mundo del jazz ya que es aceptada por un amplio público. Su forma de tocar se caracteriza por las acentuadas pausas y por la fuerte presencia de la sección rítmica. 

Octavio Paz (1983). El arco y la lira. México DF, Fondo de Cultura Económica.




jueves, 31 de agosto de 2017

SOBRE HISTORIA Y NOVELA. A PROPÓSITO DE NOTRE DAME



A veces es difícil distinguir de qué hablamos. Decimos Nuestra Señora de París y los arquitectos piensan en el gótico. Otros, piensan en una novela. Y muchos, recuerdan un film.
Nosotros vamos a hablar de una novela, de su autor Victor Hugo y de arquitectura; ya que esta pieza literaria contiene algunas lecciones de arquitectura e historia y del destino común de estas dos fascinantes materias.
Comencemos con este breve pasaje del libro: “Se mostrarían a nuestra vista cosas tan arcaicas que nos parecerían nuevas”. La novela fue escrita en el siglo XIX, ambientada en el siglo XV, cuando había transcurrido aproximadamente un siglo desde la culminación de la iglesia que le presta el nombre a la novela. El edificio se construyó entre los siglos XII y XIV.
Estos datos nos hacen recapacitar sobre los tiempos largos. A nosotros, que nos parece que un mes es demasiado.
Indaguemos un poco en el autor. Era sensible a los valores de lo antiguo. Se interesó en la defensa y preservación de la Abadía de Saint-Michel, entorno medieval,  en tiempos en que las ideas progresistas impulsaban la destrucción de todo lo que fuese iglesia, aunque esto implicase el saqueo del patrimonio edificado. En este campo, Hugo actuó como un adelantado a su época.  
La novela abre con un breve prólogo. Allí Hugo describe que en ocasión de una visita a la iglesia, se encontró con unas huellas talladas en la piedra; como esas que se ven en los árboles hechas con objetos filosos. Reconoció una palabra: fatalidad. La descripción que hace es minuciosa y evocadora. Describe cómo el paso del tiempo ha borrado la precisión de los trazos. Aunque en su origen fueron nítidos, el paso del tiempo se ha encargado de desdibujar toda definición.
Más allá de los protagonistas que fácilmente recordamos –Esmeralda, Quasimodo y Frollo- el personaje principal de la novela es la propia iglesia.
El edificio carga con un pesado fardo. Obispos y arquitectos también dejan  huellas en el edificio. Lo alteran y desdibujan. Así, “las maravillosas iglesias de la edad media… experimentan mutilaciones de todas partes… El sacerdote las embadurna, el arquitecto las rasca y el pueblo las derriba”. En las palabras de Hugo reconocemos respeto por la obra y conciencia de las huellas del tiempo. Lo mejor ya quedó atrás. Aquí Hugo revela su ser romántico.
En otro pasaje del libro leemos: “Esto matará a aquello. El libro matará al edificio.”
¿Qué significa esto?
Las catedrales góticas fueron instrumento de instrucción. Funcionaban como libros abiertos. Todo el conjunto escultórico de fachadas e interiores –que a nosotros poco nos dice, o en el mejor de los casos, admiramos sólo en términos formales o artesanales–  es también un discurso religioso, un compendio de mensajes y valores.
Todas las figuras representadas, colocadas en el edificio más importante de la antigua ciudad, están allí para la instrucción de los creyentes. La arquitectura no era sólo edificio, era también texto ilustrado.
Pero al llegar al siglo XV la imprenta, el gran invento de la época, acaba con esto. Con Gutenberg, el antiguo libro escrito con la paciencia y manos de los monjes pasa a realizarse en la imprenta de forma mecánica. El trabajo se simplifica. Y no es casualidad que una de las primeras impresiones de Gutenberg sea la Biblia.  
Escribe Hugo: “La arquitectura, pues, fue hasta Gutenberg la escritura esencial, la escritura universal.” De allí, las palabras de Hugo: el libro de papel ha sustituido al libro de piedra. Lo vence con su practicidad; lo mata. Más nunca en la historia volverán a hacerse catedrales góticas.
Las que todavía existen, como Notre Dame, cargan con la huella trágica de pérdida de su significado y trascendencia originales.
Hugo nos ha dado una lección de historia. Y hablando de ella es inevitable describir el entorno en donde la vida se desarrolla: la arquitectura y la ciudad. La relación entre arquitectura y ciudad, cultura y vida es muy estrecha y la historia nos lo permite apreciar. En este caso, a través del ingenio de Hugo.
Este pasaje del libro llamó la atención de Frank Lloyd Wright, arquitecto de principios del siglo XX. La novela romántica de marcada atmósfera histórica produce ecos en las inquietudes intelectuales de un arquitecto de principios del siglo XX.
Cada tiempo tiene sus propios dramas y sus propias búsquedas. En el caso de Wright, el recuerdo del descenso de la arquitectura gótica le sirve para cuestionar la arquitectura tradicional de su país con sus afectados adornos, promulgando una arquitectura adecuada a la era de la máquina.
Comenzamos este ensayo diciendo que la novela de Hugo es un viaje al pasado. Pero también es un ancla que nos permite entender el presente y quizás aventurar el futuro.
Hablar de Notre Dame es hablar de novela histórica, esa fusión literaria que nos enseña que lo que el hombre ha hecho en el tiempo puede maravillarnos tanto como los relatos de ficción. En la novela de Hugo se entrecruzan fuentes de vida: la literatura, la historia, la ficción y la reflexión cultural.
Algunos autores se toman algunas libertades traspasando géneros. La unidad deriva de la universalidad de la escritura y de sus contenidos. Así, se puede escribir una auténtica novela de época que incluya también lecciones de historia y arquitectura.
Eso sí. Se necesita talento. Para imaginar con amor y grandeza y escribir igualmente.
Hugo lo hizo. Con su novela, el edificio se transformó. Se renovó.


Victor Hugo. Nuestra Señora de París. Madrid, EDAF, Ediciones-Distribuciones, S. A., 1980.










jueves, 24 de agosto de 2017

MIS PROYECTOS. PLANTA TERMOELÉCTRICA SDC (2008-2010)





La manzana que contiene las edificaciones civiles de la Planta Termoeléctrica se encuentra en la parte centro-norte de la parcela, está delimitada por las dos calles de acceso y una calle transversal.

Las dimensiones de la manzana son 123.25m en sentido norte-sur y 112.76m en sentido este-oeste. El área total de la parcela es de 13866.04m².

El conjunto posee dos accesos, uno principal y otro secundario, éste último se debe a razones de seguridad. Ambos accesos cuentan con casetas de vigilancia.


Los edificios se organizan en torno a una plaza central que hace antesala al Edificio Administrativo. Generalmente en las fachadas este y oeste de los edificios se colocan áreas verdes con árboles como protección climática. 

Los estacionamientos se ubican cercanos a las casetas se vigilancia, con accesos tanto desde la avenida principal como desde la secundaria y comunicados entre sí a través de una calle de circulación interna.

Los edificios de Depósito de Químicos y Lubricantes y Talleres y Almacén se implantan cercanos el uno al otro como requerimiento de la Ingeniería Básica.

El patio de maniobras y la calle de servicio sirven de acceso a los edificios agrupados en la mitad sur del conjunto (Tableros, Depósito de Químicos y Lubricantes, Depósito de desechos sólidos y Talleres y Almacén).





luispolitoarquitecto 
colaboradora: daniellagabantearquitecta






martes, 22 de agosto de 2017

BELLEZA QUE TRASCIENDE, BELLEZA QUE VIVE Y MUERE



El poeta Paul Valery escribió un breve texto dedicado a la arquitectura. Es una recreación de diálogo platónico entre Fedro y Sócrates. Se titula Eupalinos o El arquitecto.
Leemos una nota preliminar al libro, que escribe Émilie Noulet. Ella nos dice que el diálogo es un contrapunto entre el absoluto filosófico y la filiación a las obras concretas. En otras palabras, entre silencio y eternidad y belleza y creación. Según Noulet estas dos fuerzas coexisten en Valery y son así mismo, el hilo conductor de este bello texto sobre el trabajo del arquitecto. 
Sócrates sostiene que el trabajo que hacen los arquitectos –proyectar y realizar edificaciones– es vencido por el tiempo y por la intemperie. En cambio, los edificios teóricos son eternos, inmutables. Platonismo en estado puro.
Sin embargo, en otro pasaje, Sócrates rectifica, señalando que la desgracia de los filósofos es “no ver jamás derrumbarse los universos que imaginaron, pues, en efecto, no existen.” (Valery, 1982: 22).
Eupalinos, el arquitecto, construye con devoción, con enorme cuidado a cada aspecto de la construcción. No importa si la obra será vencida por el tiempo.
Fedro ama el cuerpo y la carne. Al contrario, Sócrates busca la belleza en una idea imperecedera.
 Valery coloca estas palabras en boca de Fedro: “No hay cosa bella separable de la
vida, y la vida es lo que muere.”
Esta idea dista de la belleza eterna y así mismo abstracta. Las piedras, prestas a caducar y a perecer, pueden ser más valiosas que las ideas puras. 
Jugando con la imaginación, cabe aquí preguntarnos qué pensaría hoy Platón si se percatase que el Partenón, obra hecha por artesanos con los medios viles de las manos y las herramientas, es considerada una gran obra de la antigua cultura griega a la par de su propia obra filosófica.
El texto de Valery refleja la transformación una antigua disputa bajo las presiones de la modernidad: se abandona toda búsqueda del absoluto.
Nos hemos percatado que ese ideal puro es sólo un anhelo. La fuerza avasalladora de la historia lo ha demostrado. Nuestro ser incompleto nos lo ha revelado igualmente.  Solamente un Platón podía aspirar tan alta excelencia. A nosotros nos toca otra cosa.  
Y en esta renuncia el ser moderno descubre esa belleza carnal y falible. ¡Aunque muera o se derrumbe con el tiempo!
Hemos encontrado un nuevo goce. Lo encontramos en algunas edificaciones, en estatuas y cuadros y también en las mujeres que amamos.  
Hay algo maravilloso en la huella que deja el tiempo. 
Algunas obras parecen renacer y las descubrimos a través de nuevas miradas ni siquiera antes imaginadas. Por otro lado, el tiempo apaga el brillo y permita que luzcan valores más profundos, a veces escondidos.

La mujer también cambia; pierde algo de firmeza y su expresión delata los acentos de la vida. Y eso la hace más bella aun.  
Somos hijos de Eupalinos. Con Paul Valery, admiramos la belleza de la vida, aquella que madura lentamente y muere. 


 
Paul Valery (1982). Eupalinos o el arquitecto. Madrid, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos de Madrid.