sábado, 11 de noviembre de 2017

COCINAR Y PROYECTAR



Cocinar se da en un tiempo más breve. También se da en forma más autónoma. Sin embargo, creo que los vínculos entre cocina y arquitectura son estrechos y así mismo útiles de considerar.

Sobre todo para aquellos que apreciamos tanto un buen plato como una buena obra.

Recuerdo un texto de Federico Vegas, de hace algún tiempo. En él habla de las relaciones entre las prácticas y las escuelas de cine, arquitectura y cocina. En la cocina, la práctica está allí mismo: los alumnos se comen sus trabajos. En cambio en la arquitectura, la mejor lección no está en el aula sino en la obra.

Me voy a detener en algunos paralelismos entre cocina y arquitectura.

En una de las aproximaciones más antiguas de lo que es y debe ser la arquitectura –hablo de Vitruvio-  se señala que esta debe ser útil, firme y bella. Útil: por lo tanto una operación entre una necesidad y un resultado, en el marco de las necesidades humanas… Firme: atada a las leyes de la física, de la economía, de la ingeniería y de la técnica… Bella: vinculada, entonces, con el arte y con los ideales creativos y trascendentes de la especie humana.

Desde Vitruvio, estas palabras y lo que significan nos colocan frente a la inevitable, difícil y hermosa meta de la arquitectura y de su hacer.  

Las tres palabras convocan a la complejidad y a la necesaria síntesis entre variables distintas. Como sugiere Ludovico Quaroni, muchas veces estas variables se encuentran  enfrentadas.

Aunque, cabe decirse desde ya, son opuestas y están enfrentadas solo si la meta de la arquitectura no se ha logrado, en aquellos casos en los que las simplificaciones nos llevan a creer que una simple estructura es arquitectura, o que una obra de arquitectura es una escultura, solo que más grande… 

Es como cuando, en la cocina, los sabores no se fundan, y cada ingrediente original anda por su lado, imponiendo su presencia aislada.

Cuando hay arquitectura, no hay ni oposición ni enfrentamiento entre la firmeza, la utilidad y la belleza…

¿Por qué nos ha costado tanto, y nos sigue costando, reconocer esta simple verdad?

Quaroni nos habla de la reducción de las componentes y los errores que se derivan de ello. Destaca así, la necesidad de integración, y como consecuencia de esta, de la anulación de las contradicciones entre las variables…

En ese mismo sentido, Bruno Zevi señala que en la obra de arquitectura se superan las determinantes históricas, culturales y tipológicas.

Para hacer un pabellón criollo, se hacen por separado el arroz, la carne, las tajadas y las caraotas. Solo se colocan juntos al momento de servir el plato. Se puede y se debe trabajar en forma independiente… la fusión se da en los cubiertos y en el paladar.

Por el contrario, la realización de la hallaca requiere de la sabiduría, de la cocción y fusión conjunta de todos los variados e intrincados componentes. La fusión se da en el proceso, y no sirve si se realiza solo al final.

Si cuando proyectamos el resultado se asemeja al pabellón, no tendremos la posibilidad de fundir los ingredientes. En arquitectura, es necesario operar como en la realización de la hallaca.

Si estamos de acuerdo en esto, estas fusiones deben darse en todos los procesos y en todos los momentos, y no parece que sea suficiente que consideremos la integración como una simple reunión de personas o conocimientos.

Creo que la metáfora está bien clara.

Proyectar es una forma de preparación y cocción, de labor meticulosa y un tanto sucia en donde proponemos y hacemos. A diferencia de la cocina, en arquitectura se puede siempre retroceder ¡Gran ventaja!

Curiosamente, en la enseñanza parecemos olvidar esto.

Separamos los conocimientos, los tensamos y los ponemos en conflicto. Y le pedimos al estudiante fracciones. Atendemos a las meras combinaciones de espacios o sectores de conocimiento.

En cambio, tanto en arquitectura como en cocina se trata de atender a una necesidad vital e interna, una que es capaz de crear y combinar, a través de un proceso cargado de intención práctica. Aquí, en este fascinante terreno, la palabra es freno o pérdida de tiempo. Lo que cuenta es el talento y el hacer. No hay otra.

Esto no significa que eludamos el estudio. Nada de eso.

Pero convengamos: poco interesa la receta y el verbo si el plato o la obra salen mal. 



 Dos obras mias. 
 
Un ragu napoletano hecho en un día, a partir del recuerdo del que hacía mi padre. Un reto y una tradición de todos los domingos en un cualquier casa napoletana. 

Luego, un proyecto del 2002, no construido. Y por lo tanto, no saboreado, a diferencia del ragu.






viernes, 13 de octubre de 2017

LA ANALOGÍA COMO EL RECURSO DEL ENGAÑO



A veces, nos hemos encontrado con la idea de que una determinada arquitectura es verdadera. 

Y entonces cabe preguntarse: ¿La arquitectura, y más específicamente el proyectos pueden tener un fundamento verdadero o; por el contrario, depende sólo de voluntades, caprichos y arbitrariedades? 

Cuando nos enfrentamos a la teoría de la arquitectura podemos suponer que este campo del conocimiento es una suerte de pilar fundacional que rige la práctica de la arquitectura. 

Algunos –vehementes- proclaman el mandato de la teoría.

Mirando hacia otras latitudes, nos percatamos de casi cualquier cosa es posible. No hay  fundamento alguno, sino un variadísimo abanico de ideas que impulsan las prácticas de proyecto. 

Digamos entonces que la arquitectura se debate entre razón y arbitrariedad.   

Y este debate, del cual pretendemos sacar algunas ideas en claro, es un aspecto clave de la teoría de la arquitectura. 

El asunto debe analizarse a partir de  los motivos y aproximaciones cognoscitivas desde donde se anuncian los planteamientos. 

En primer lugar, conviene destacar que los discursos de  arquitectura tienen un fuerte componente de analogía. Esta oportuna aclaratoria la hace Edward De Zurko en su libro La teoría del funcionalismo en arquitectura (1970). 

Este autor nos dice que las teorías funcionalistas se nutren de tres analogías: la mecánica, la orgánica y la moral. Así, respectivamente, la arquitectura es funcional y válida porque se asemeja a la eficiencia de las máquinas (Le Corbusier), porque respeta las verdades de la naturaleza (Morris, Sullivan y Wright) o finalmente porque respeta valores humanos como la sinceridad  y la verdad (Loos y de nuevo Le Corbusier). (De Zurko, 1970: 20-21). 

El empleo de la analogía traspasa una línea invisible, aquella por la cual de ella se pretende desprender una verdad absoluta. Así: 

El principal valor de una analogía consiste en transmitir una idea, no en demostrarla. Una analogía puede ser válida en un caso y falsa en otro; por lo tanto, debemos usarla con cuidado. En rigor, la analogía es una especie de descripción abreviada de una cosa. Nos ayuda a concebir ciertas relaciones de otro modo oscuras; la analogía es una herramienta, no una regla; por eso es ilógico utilizar la analogía como criterio para juzgar. (De Zurko, 1970: 221).

La analogía constituye un válido recurso explicativo e imaginativo. Y tiene la virtud teórica de la síntesis. Es capaz de permitirnos visualizar una idea no contradictoria en forma rápida y convincente. Sin embargo, De Zurko nos propone nos libremos de un engaño: aquel por el cual de la eficiencia de la analogía se desprenda una verdad. 

En el contexto en que nos movemos, cabe destacar también que en arquitectura los valores son fundamentales. Los hay “primarios o inmediatos”  como aquellos que aluden a la economía o pueden ser “morales, éticos, sociales” (De Zurko, 1970: 218). Pasamos de la consideración de unos a otros en forma indistinta. 

Por ahora, basta señalar cuanta tinta, cuantos proyectos y cuanta censura se han proclamado afirmando a ciegas que en arquitectura la función determina la forma o que la arquitectura debe indagar en la eficiencia de la industria o, en tiempos más recientes,  en vericuetos filosóficos o en quiebres de la ciencia. 

Con este breve texto, pretendo romper el embrujo que generan las analogías en arquitectura, constatandoentonces que si la arquitectura necesita de fundamentos ha de buscarlos en otro lado. 

Incluimos imágenes emblemáticas. Todas ejemplos del empleo de analogías como modos de justificación.


Marc Antoine Laugier. La cabaña primitiva (Essai sur l'architecture 1752) o la fantasía del origen de la arquitectura










Jean Nicolas Louis Durand. Précis des lecons d´architecture (1802). En el siglo XIX todavía se podía pretender que la arquitectura se redujese a tratados. ¡Todos los edificios con retículas cuadradas!







Peter Eeisenman. Diagramas de transformación de la House IV (1971). Eisenman, un verdadero especialista en la búsqueda de analogías. Diagramas geométricos, analogías con el paisaje, filosofía contemporánea.

 


  



Frank Ghery. Chiat-day Building (2001). Un arquitecto que se siente artista.
 







Hannes Meyer. Concurso Palacio de las Naciones en Ginebra (1927). Moderno y marxista, quería acabar con el proyecto y transformar la arquitectura en ciencia. Del proyecto que aquí incluimos se preocupaba por señalar que no incluiría columnas a la vista, porque eran  muestra de  retraso.
  







Adolf Loos. Casa Moller (1927). El gran moralista que condenaba todo ornamento.
 





 Bibliografía

De Zurko, Edward (1958). La teoría del funcionalismo en arquitectura. Buenos Aires, Nueva Visión. 1970.