martes, 30 de mayo de 2017

RECORDANDO A CARLOS RAÚL VILLANUEVA



Hoy, en la ocasión de su cumpleaños 117, quiero recordar al maestro Carlos Raúl Villanueva. 

Y comienzo con algunas comparaciones con el recuerdo de Jesús Tenreiro, al que le dediqué un texto en fecha 09 de abril de 2017. 

Con Jesús compartí en el aula, en su oficina y en su casa en Las Palmas. En cambio a Villanueva no lo conocí personalmente. Yo ingresé a estudiar en la FAU en 1972, y creo que en esa  época él ya no asistía a la universidad. 

La otra diferencia es que las obras de Jesús están lejos. En cambio, a la obra cumbre de Villanueva –la Ciudad Universitaria de Caracas- asisto a diario. Con emociones encontradas. Por un lado identifico el deterioro de los edificios, causado en buena medida por la desidia gubernamental que ha dejado a la universidad más importante del país en una penuria económica absoluta. Luego, asisto también a las caricias y guiños que me hace esa arquitectura tan audaz, divertida y ricamente variada.

Entonces, hay diferencias entre mi acercamiento a  la obra y al hombre que quiero recordar.
Veo las fotos del Villanueva, ese ser bondadoso y redondo. Me lo imagino bajo de estatura, con aires de profesor, sin la pose de arquitecto glamoroso. Su mirada me resulta un tanto inescrutable.  Revela calma, a veces hasta distancia. En las fotos que lo retratan con su amigo Alexander Calder hay expresiones de alegría y picardía. Conociendo los resultados de esta dupla creativa –el Aula Magna- uno puede suponer que los dos llegaron a ser hombres plenos volviendo a ser niños, tal y como lo entiende Nietzsche.  

Sin embargo, digamos que el retrato de Villanueva es el retrato de un hombre común. Y a pesar de que he escuchado algunas historias del Villanueva hombre, arquitecto y profesor; es poco lo que me dicen. 

En mi  consciencia, las fotos de aquel hombre común se encuentran  en total contraste con lo que advierto en los dibujos que salieron de su cabeza y de sus manos. Esos croquis originales que he podido admirar en el corredor de la planta alta de su casa –Caoma-. Son dibujos rudos, secos, pero igualmente contundentes. Lo que contienen y expresan casi parece querer salir de la superficie del papel. Pocas líneas, algunas anotaciones precisas, medidas oportunas y una absoluta consciencia de las posibilidades del curso que va del croquis al proyecto y de allí a la obra.   
  
Luego están las notas docentes, esas hojas en las que se mezclan  el texto mecanografiado, los subrayados, los  tachados, los croquis y las anotaciones colaterales. Y uno siempre encuentra  una oportuna reflexión o un conocimiento de un aspecto de una obra histórica que antes había pasado inadvertido.  

Hace días me topé con unas reproducciones digitales del proyecto de la Facultad de Arquitectura. He analizado los planos, los he admirado y he verificado medidas. Son planos contundentes de una obra contundente. Sin desperdicio, sin refinamientos innecesarios, ese aspecto del cual Oscar Tenreiro ha tratado en su blog

La Facultad de Arquitectura es el reino del ángulo recto. Muy pocas veces aparecen curvas y superficies en ángulo, solo para reforzar el reino del ángulo recto. 

La Facultad de Arquitectura es la disolución del volumen ¡Salvo el del auditorio! 

La Facultad de Arquitectura es el juego perfecto de lo pesado y de lo liviano. La robusta estructura y los gráciles parasoles.

La Facultad de Arquitectura es una lección acerca de lo grande y lo pequeño, de lo abierto y lo cerrado. 

Sigo recordando. 

Villanueva se hace aún más vivo en el corazón de la Ciudad Universitaria: en la dupla del Aula Magna y la Plaza Cubierta. 

Encontramos aquí dos potencias enfrentadas. Dos soluciones contundentes y precisas para dos programas igualmente precisos:  el gran auditorio y el vestíbulo que antecede la sala.  
A diferencia del reino de la Facultad de Arquitectura, en este territorio doble la curva se hace presente. Y lo hace de diversas formas. 

A diferencia de la Facultad de Arquitectura que es pura desnudez, aquí se complementan de forma especial el arte y la arquitectura, la estructura y los revestimientos, el concreto armado y la madera, los colores neutros y los fuertes acentos de color. 

Y mientras escribo esto, vuelvo a pensar en ese rostro inescrutable de las fotos. 

Y vuelvo a pensar en ese hombre que no conocí, del cual hemos conocido algunos datos y del cual hemos aprendido como puede ser una arquitectura extraordinaria en un clima y en una luz como solo tenemos en Caracas.  

Mi recuerdo de Villanueva es hoy este. Es la mezcla de esas fotos y esas miradas que ocultan más de lo que muestran, esos croquis tan plenos  de arquitectura y esas obras otrora brillantes. 

Villanueva es hoy metáfora del país. Un siglo XX que conoció modernidad y modernización, un país que se abrió al mundo y un legado contundente que se fue olvidando y menospreciando antes de lo que pensamos. Hoy la Ciudad Universitaria de Caracas y la Universidad Central de Venezuela revelan un pasado pleno de cosas buenas y un presente maltrecho. Uno sospecha que la barbarie cada día gana más terreno. Mientras tanto, la otra cara revela las infinitas posibilidades de un país digno. 

Villanueva nos mostró que Venezuela puede aspirar a la grandeza. Ese es su gran logro y siempre le daremos las gracias.