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El cielo, las ciudades y los cafés. El universo de George Steiner
Mi primera
lectura de George Steiner fue Nostalgia
del absoluto (Siruela, 2001), un regalo de mi hermano Pablo, en ocasión de
mi cumpleaños en 2008. Este breve texto me impresionó. Este es su planteamiento
central: la era moderna elude toda religiosidad. Por otra parte, algunas
escuelas de pensamiento, que se propugnan como ciencias, tales como el
marxismo, el psicoanálisis, la antropología de Lévi-Strauss, se vuelven substitutos del sentido religioso perdido. Se
comportan como sistemas perfectos, se pretenden infalibles y no admiten crítica
alguna. Estas importantes escuelas (y otras) se convierten en
pseudo-religiones, prestas a cubrir nuestra nostalgia de absoluto, toda vez que
le quitamos ese lugar a las religiones.
Este primer
libro me llevó a continuar leyéndolo.
Siguieron The New Yorker (Fondo de
Cultura Económica-Ediciones Siruela, 2009), Extraterritorial
(Siruela, 2002) y Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (Fondo
de Cultura Económica-Ediciones Siruela, 2007). En estos tiempos de encierro
obligado, he leído y releído otras obras de Steiner: Lecciones de los maestros (Fondo de Cultura Económica-Ediciones
Siruela, 2004), Lenguaje y silencio (Gedisa,
2003) y Los logócratas (Fondo de
Cultura Económica-Ediciones Siruela, 2007).
En uno de sus
textos se dice que es ensayista, filósofo y narrador. Desconozco su obra
narrativa y tampoco puedo decir que conozca el resto en profundidad. Sus ensayos
y artículos están dedicados fundamentalmente a la cultura y a las lenguas. Según
afirma es un poliglota, una condición más frecuente de lo que se cree (yo me
muevo en dos lenguas: español e italiano). Para Steiner, las lenguas no son
solo idiomas; son culturas, formas de pensar y universos completos. Ya lo
veremos con el texto.
En el último
de los libros citados se encuentran dos entrevistas. Las he leído con cuidado
e interés. Steiner proviene de una familia judía vienesa. Nació y estudió en Francia
y ha vivido en Estados Unidos. La primera entrevista la realiza Ronald A. Sharp
(realizada en el otoño de 1994 y fue publicada en Paris Review en 1995.
En un momento habla
de las dos culturas: la americana y la europea. Steiner se muestra agradecido
con Estados Unidos, país en el que ha impartido cursos y dictado charlas y en
donde viven sus hijos. A continuación reproduzco parte de lo conversado:
(…) Desde Portugal, al oeste, hasta San Petersburgo,
tenemos los cafés, unos lugares donde puede uno ir por la mañana, pedir un café
o un vaso de
vino, pasar el día leyendo los periódicos del mundo entero, jugando al ajedrez,
escribiendo. La bibliografía de los libros magníficos escritos en los cafés es
enorme. Siempre ha habido gente que ha preferido trabajar así. No existe nada
semejante en Moscú, que es una ciudad en la frontera de Asia. La línea de demarcación es clara: Odessa es más o menos el límite de los cafés. Yo soy una criatura del café, no del pub. El pub inglés es un animal muy
diferente, y el bar americano una especie aún más profundamente diferente. Yo
estoy en mi casa dondequiera que vaya en Europa porque vaya los cafés desde que
llego, a jugar al ajedrez, desafiando a alguien, o a pedir que me traigan la prensa con esos palos de madera, esos viejos palos sobre los que se enrollan los periódicos, y es la sociedad más igualitaria del mundo porque el precio de una taza de café o de un vaso de vino le da a uno derecho a pasar el día sentado a la mesa, escribiendo, haciendo lo
que le plazca. Después de mis clases, en Ginebra, mis alumnos sabían en qué
café tomaba mi segunda taza de la mañana, o un vaso de vino blanco, y venían a
charlar. Es allí donde la vida intelectual brilla realmente con todas sus
luces.
Son cuestiones muy difíciles. No
sirve para nada que uno trate de superar sus pasiones, sus grandes errores. Mis hijos dirían que
América es el futuro y tal vez ya el presente. Han hecho su elección, y yo
estoy orgulloso de ello; me encanta ir a visitarlos. Pero los recuerdos son
demasiado fuertes, la escolarización francesa me ha marcado demasiado. ¿Por qué
no voy al cielo? Desde luego por buenas razones morales, pero también por razones mucho, más prácticas: ya he ido. ¿Qué es el cielo? La Galleria de Milán. Estoy sentado delante de un capuccino de verdad, con La Stampa, el Frankfurter Allgemeine, Le Monde y
el Times. Tengo en el bolsillo una entrada
para la Scala, y me llegan los diez o doce olores complejos de la Galleria: el
del chocolate o de la panadería pero también el aroma de las veinte librerías
(que se cuentan entre las mejores del mundo); el ruido de los pasos de la gente que acude esta noche a la ópera o al teatro; la manera en que Milán vibra a nuestro alrededor. Ya he ido al cielo, y no necesito otro.
El Lincoln Center no tiene para
mí nada de semejante. Amo y admiro al MET, pero
ésa no es la cuestión. Somos animales complicados, y mi territorio interior, la
territorialidad de todo mi ser, es europeo, y tal vez, tal vez -lo sé- el de
una Europa perdida. (Steiner,
2007: 129-130).
La ciudad
europea y los cafés, lugares para el ejercicio de la ciudadanía y de la
creatividad. Lugares de estímulo y de ensueño. Pueden llegar a ser el cielo.
En tiempos en
que la ciudad se encuentra dramáticamente entre paréntesis, es muy bello
recordar esta herencia que ha alcanzado también a las ciudades de
Latinoamérica. Aunque en el caso venezolano, sabemos, es mucho lo que se ha
perdido.
Galería Vittorio Emanuele, Milan (Diego Polito, 2010).
Referencia consultada
Steiner, George. 2007. Los logócratas. México DF, Fondo de Cultura Económica-Ediciones
Siruela.
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