martes, 19 de abril de 2016

La lección de Jesús Tenreiro (en el mes de su cumpleaños) ¿2002?

Este texto se elabora a partir de las notas realizadas durante la charla que ofreció el maestro Jesús Tenreiro en el auditorio de la FAU-UCV, en el marco de la asignatura dedicada a los Premios Nacionales de Arquitectura. El año fue probablemente 2002. Este curso contó con amplia participación de estudiantes y el período siguiente se repitió la experiencia, esta vez en las llamadas anfiteátricas. En el primer curso asistió el Padre Otto, el hombre que impulsó la realización de la Abadía de Güigüe. En la segunda ocasión conocí al ingeniero Nicolás Labropoulos. Hablaron de ingeniería y de arquitectura, de proyectos comunes y de música. En ocasiones asistía Ana (esposa y colaboradora de Jesús) y Rafael Urbina (su discípulo). Algunos años después, lo invité en ocasión de otro curso. Fueron sus últimas apariciones en la FAU. 

Abadía Benedictina de Güigüe. Al fondo la capilla y el campanario (foto Luis Polito)


Haré un relato de mis impresiones sobre el primer curso.

En sus exposiciones, J T revela un conjunto de ideas que permiten que apreciemos mejor su obra. Además, nos invita a plantearnos algunas oportunas reflexiones.

Cuando se analiza la obra de un arquitecto, es frecuente que se destaquen aquellos aspectos ideales, conceptuales, teóricos o aquellos provenientes de nobles referencias, dejando de lado otros temas como los económicos y materiales o aquellos que tienen que ver con las condiciones concretas en las que el arquitecto comúnmente trabaja.

En un caso como el que aquí nos ocupa, cuando el propio autor es el que habla, esta tendencia se acentúa todavía más, pues el arquitecto se siente tentado a referir su trabajo sólo a aquellas condiciones y consideraciones cultas y nobles que permiten valorar y enaltecer su trabajo. Toda consideración dirigida a los pequeños y vulgares detalles se tiende a evitar, por considerarse que estos temas son banales y claramente distantes de la cultura visual tan querida y venerada.

Esta manera de abordar el análisis crítico tiene su matiz consolatorio. Se pretende que el arquitecto trabaje en forma autónoma, que tome decisiones bajo los dictados de su absoluta individualidad, negando el complejo proceso de contradicciones, luchas y pequeños logros que significa llevar adelante un proyecto y luego una obra.

La manera de abordar al auto-análisis por parte de J T es abiertamente opuesta a la manera que hemos descrito.

En su discurso es frecuente la consideración de aspectos económicos y constructivos. Igualmente le parece oportuno destacar la participación de los ingenieros calculistas o el trabajo de hábiles artesanos y constructores que han sabido llevar a cabo particulares estructuras (la estructura de madera de la casa de Cumbres de Curumo) o complejos volúmenes en concreto a la vista (en el caso del Palacio Municipal de Barquisimeto).

Es una aproximación realista a la arquitectura. Y hay también otros matices.

J T nos relata acerca del amor de los habitantes de una de sus primeras obras (la casa de la familia Rodríguez en los Palos Grandes). Amor que se refleja en el cuidado y manutención de la casa a lo largo del tiempo.


Casa Rodríguez. Los Palos Grandes (foto luis Polito)

Para JT, el arquitecto de mide y confronta no sólo con el acto inmediato del diseño, sino también con el destino, con la historia particular de cada obra; verificando y analizando como las propuestas formales ideales se traducen en el tiempo en situaciones vivenciales, humanas.

Con esta aproximación realista al diseño y a la arquitectura, somos testigos de la ausencia de toda pretensión ideal o conceptual. Sin embargo, por medio de las fotografías de las obras, captamos de la mejor manera posible la realidad de la arquitectura sin la medicación de la palabra justificadora.

¡Esta es una buena lección! ¡Y buena elección!

Abadía Benedictina de Güigüe. Interior de la capilla (foto Luis Polito)


J T establece así un curioso e interesante equilibrio. Sus palabras se concentran en la descripción minuciosa del arduo proceso del proyectar, desde la óptica que ya hemos mencionado.

Las imágenes nos permitan ver, verificar e interpretar, con nuestra propia libertad, el juego pendular entre ideas puras (implícitas, no señaladas; por lo tanto prestas a nuestra libre interpretación) y aquellas situaciones concretas en las que cada obra se desarrolla.

Finalmente, J T nos ha transmitido un valor.

Ya desde antes apreciábamos su destacada trayectoria como arquitecto. Pero ahora nos ofrece una necesaria reflexión: es conveniente que nos  aproximemos a la arquitectura de una manera más amplia e integral, uniendo los necesarios ideales y las inevitables realidades implícitas en la realización de la arquitectura.

Con este curso –oportuno homenaje a uno de los maestros de nuestra facultad- conoceremos más de cerca obras y propuestas de arquitectura y ciudad.

J T nos ha enseñado que el discurso en arquitectura gana cuando proviene de la modestia, del cuidado a los detalles y cuando evita la grandilocuencia y el revuelo intelectual.

Abadía Benedictina de Güigüe. A la izquierda el ala de hospedaje. A la derecha el cuerpo central 
(foto Luis Polito)

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